En vano tratamos de encerrar la naturaleza

Nahia Seijas Garzón

Geologoa. Doktoretza aurreko ikertzailea Bilboko Hezkuntza Fakultatean (EHU)

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Figura : Presentación del gabinete de curiosidades de Olaus Wormius en Copenhague. Worm, Ole. Museum Wormianum. Leiden, Países Bajos: Jean Elzevir, 1655. Ed. Wellcome Library no. 42458i

El laboratorio escolar es un gabinete de curiosidades. Los alumnos, apasionados, persiguen al profesor en zigzag, de un pasillo a otro, por las escaleras y de frente, hasta llegar a esa puerta verde. En el cartel leen “Laboratorio de Biología y Geología” y al mismo tiempo se preguntan qué fantasía encontrarán en su interior.

La puerta del laboratorio se enfurece al abrirse, en su interior todo está oscuro y hace frío. Huele a productos químicos. El profesor saca de su almacén la colección de objetos extraños de polvo y los distribuye en las mesas: piedras preciosas, algunos fósiles, minerales muy coloridos y brillantes. El alumnado tratará de identificar y clasificar estas piezas con ayuda de una guía.

XVII. y XVIII. En las ciudades europeas de los siglos XX existía una gran afición a la colección. Los reyes, aristócratas, clérigos e incluso abogados, médicos, farmacéuticos y artistas intentaron traer la naturaleza a una habitación. Con esta intención se construyeron gabinetes de joyería, naturalia (vegetal, animal y mineral) y artificialia (restos arqueológicos, esculturas, cuadros...) para acumular y presentar numerosos objetos de los reinos.

En aquella época, la expansión colonial europea dio a conocer la enorme diversidad humana y natural del mundo, y estos gabinetes se convirtieron en inventarios de este nuevo mundo. Su arquitectura y mobiliario se orientaban a la ordenación y clasificación de objetos singulares, sólo así se podía entender y explicar la naturaleza en función del pensamiento de la época.

El gabinete del médico danés Olaus Wormius (1588-1654) es un buen ejemplo (Figura 1). Si nos sumergimos en ella, podemos ver objetos de todo tipo: en la estantería de la derecha, especimenes de minerales y fósiles; en la pared de la izquierda, adajes y cráneos, y en la pared posterior, armas. Si miramos hacia arriba veríamos peces y cuerpos disecados de otros animales colgados del techo.

Estas zonas eclécticas fueron adaptándose a los nuevos tiempos, enriqueciéndose y especializándose poco a poco. Finalmente, los gabinetes de curiosidades se convirtieron en museos de Historia Natural y constituirían la clave de la investigación y divulgación científica de la época.

La sabiduría de entonces tenía museos. En el interior se podían encontrar especies tanto convencionales como exóticas: las más espectaculares guardadas en las vitrinas, el resto en recipientes, cajas compartimentadas o pedestales de madera dorados. Eran espacios de investigación, pero también áreas de ocio.

Aunque todos los especímenes se recogían en el exterior, el trabajo de campo no era tan importante y prestigioso como el del museo, ya que la toma de muestras estaba dirigida a un objetivo mayor. El contexto no tenía importancia, las muestras adquirían valor científico en el propio museo cuando los naturalistas las comparaban con otras piezas. ¿Por qué? Esta comparación permitía identificar y clasificar nuevas aportaciones de especímenes, que era el verdadero objetivo de la investigación científica.

XIX. A principios del siglo XX, esta forma de trabajo comenzó a cambiar, cuando inesperadamente entraron en la investigación del espacio y de la temporalidad, junto con las nuevas preguntas de investigación de los naturalistas.

El 23 de junio de 1802, Alexander von Humboldt, Aimé Bonpland y Carlos de Montúfar subieron el volcán Chimborazo, considerado en aquella época la montaña más alta del mundo. La ascensión fue muy dura para los naturalistas. Era un día frío y nublado, y tuvieron que escalar las rocas abruptas, con precipicios gigantescos a los lados, y por supuesto sin oxígeno, respirar perfectamente. Sin embargo, las tres personas llegaron a 5.917 metros, muy cerca de la cima.

El viaje a Quito y la ascensión al volcán fueron muy significativos para Humboldt. Era una persona muy atenta y con una increíble habilidad para recordar y relacionar todos los detalles. Gracias a ello, recordó la vegetación y las estructuras rocosas vistas en anteriores viajes (Alpes, Pirineos y Tenerife) y las comparó con las vistas en Chimborazo. Las grandes similitudes que encontró entre estos lugares remotos le conmocionaron. La naturaleza parecía una red de mil hilos, ¡todos los elementos estaban unidos!

Humboldt consiguió alejarse lo suficiente como para observar una visión integral. Descubrió que las plantas, según su altitud, estaban dispuestas en estratos: en los valles bajos descubrió palmeras, bosques tropicales de bambú y orquídeas de colores; más arriba había coníferas, robles y arbustos similares a los bosques europeos; y después, vegetación alpina y líquenes. Frente a las nubes, roca.

Estas zonas climáticas fueron representadas por Humboldt en un dibujo de Chimborazo. Expresó las capas de vegetación en función de su altitud, junto con los datos de temperatura, humedad y presión. A continuación comparó las zonas climáticas de Chimborazo con las de otras latitudes (Figura 2).

Figura : Geographiae plantarum lineamenta de Humboldt (1815). Ed. Dumbarton Oaks. Library and Collection

Humboldt fue el primer científico en considerar la naturaleza en su totalidad. Su obra transformó la Historia Natural de la época, que hasta entonces describía y clasificaba los objetos a pequeña escala y de forma aislada. Ahora sabemos que el contexto físico y las interacciones entre los elementos son esenciales para la comprensión de la naturaleza, que tiene al menos tres dimensiones.

Tras una larga expedición americana de cinco años, Humboldt partió de Estados Unidos a Francia. Llegó a París y decidió quedarse allí. En aquella ciudad se hallaba Muséum national d 'Histoire naturelle, lugar admirado por científicos de toda Europa. Allí conoció a excelentes naturalistas: uno de ellos era Georges Cuvier, el siguiente protagonista.

Figura : Esqueleto del Megatherium individual estudiado por Cuvier, comparado con el esqueleto de un ser humano. W. H. Lizars (1822). Ed. Wellcome Library no. 42458i

Cuvier era anatomista, pero un encargo recibido de Madrid le acercó a la geología: Se le hizo llegar el esqueleto fósil de un gigantesco animal encontrado en Buenos Aires (figura 3) para que elaborara un informe científico. Cuvier bautizó a este animal como Megatherium (la gran bestia). Tras la investigación anatómica de los fósiles, concluyó que se trataba de un animal nuevo, de la familia perezosa, hasta entonces desconocido para la ciencia, y que probablemente habría desaparecido. La extinción de las especies era una hipótesis controvertida sobre la que los científicos no llegaban a un acuerdo.

Cuvier, mediante anatomía comparada, estudió los restos de otros seres vivos para probar la hipótesis de su extinción. Así, comparó minuciosamente los restos de esqueletos de elefantes vivos con los de elefantes fósiles, llegando de nuevo a la misma conclusión: el elefante fósil o mamut era una especie recién descubierta, distinta de las especies de elefantes vivas, que estaba caducada.

Figura : Carta de Mary Anning sobre el descubrimiento del Plesiosauro e imagen esquemática del dinosaurio. Ed. Wellcome Library no. 42458i

Era la edad de oro de la paleontología. Naturalistas de diferentes lugares recogían fósiles y comenzaron a describir numerosas especies desaparecidas. Mary Ann Anning fue una de las principales buscadoras de fósiles de la hora. Mujer de origen humilde, nacida en Inglaterra, con una vida dedicada a la recogida y venta de fósiles. Anning aprendió a buscar y recoger fósiles con gran maestría, se formó para interpretar lo que veía. Los científicos de la época lo conocían bien y le tenían cierto respeto. Descubrió, entre otros, fósiles de ictiosauros (el primero descubierto en Inglaterra), plesiosauros (figura 4) y pterodactilos (los dos últimos hasta entonces eran especies desconocidas).

Los fósiles eran residuos raros. Algunos parecían conchas y huesos, pero en realidad eran parte de la roca: restos convertidos en piedras. Algunos naturalistas pensaron que si los fósiles formaban parte de unos estratos rocosos, tal vez éstos podían proporcionar información adicional sobre los fósiles y, a la inversa, sobre los estratos rocosos. De hecho, cada fósil sólo aparecía en determinadas rocas.

Así, Cuvier decidió salir del museo al campo para estudiar los fósiles in situ en sus estratos rocosos. En una conferencia concedida en 1801, señaló que cuanto mayor es la profundidad a la que se encuentran las rocas, y cuanto más antiguas eran, más desconocidas eran los fósiles, más diferentes a las especies animales actuales.

Si cada estrato ha surgido en una época y tiene diferentes fósiles, cuando vemos una continuación de estratos de abajo a arriba leemos una historia en la que los fósiles varían en función del tiempo. Aunque Cuvier consideraba que las causas de este cambio de fósiles eran catástrofes y extinciones de especies, Jean-Baptiste Lamarck (contemporáneo de Cuvier y que trabajaba en el mismo Museo) propuso que las especies podían evolucionar con el tiempo.

Por último, la Historia Natural incluyó la historia de la naturaleza.

A partir de entonces, la labor de los naturalistas se centró en reconstruir la historia de la Tierra y de la vida, convirtiéndose en una pesadilla de los defensores de las cronologías bíblicas. El escritor John Ruskin afirmó: «¡Si los geólogos me dejaran en paz! Al final de cada verso bíblico, oigo sus martillazos» (Ladow, 1971).

Poco a poco, según el tipo de roca y sus fósiles, la historia de la Tierra y de la vida se dividió en varias épocas (Figura 5): las rocas más antiguas no presentaban indicios de vida, y su época se denominó Azoico; por encima estaba el Eozoico, que contenía trazas de formas de vida simples; y después de estos estratos, el Paleozoico. Dentro de esta época se podían distinguir tres épocas: en los estratos inferiores, la época de los peces; más arriba, la de las plantas; y por último, la de los anfibios. La época posterior, Mesozoico, era una era indiscutible de grandes reptiles; y, para terminar, la del Cenozoico, nuestra era, la de los mamíferos.

La vida tiene historia. La Tierra tiene historia. La naturaleza no existe en abstracto, existe en el espacio y en el tiempo y se entiende en el espacio y en el tiempo. En vano tratamos de llenar la naturaleza: la naturaleza es movimiento, creación permanente, transformación. Los fenómenos biológicos y geológicos tienen cuatro dimensiones, cambiantes e irrepetibles, que son la base de su belleza.

Figura . Physical Geography. Portfolio educativo con historia de la tierra y de la vida. (Yaggy W. Levy, 1887). Ed. David Rumsay Map Collection

FUENTES BIBLIOGRÁFICAS

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Fernández M.D. Uskola A. y Nuño T. (2006) Mujeres en la historia de la geología (I) Desde la antigüedad hasta el siglo XIX. Enseñanza de las ciencias de la Tierra, 14(2), 118-130.

Landow P. G. (1971) Chapter Four: Ruskin’s Religious Belief. En: Aesthetic and Critical Theory of John Ruskin (pp: 241-318). Princeton, Nueva Jersey: Princeton University Press. Disponible el capítulo: http://www.victorianweb.org/authors/ruskin/atheories/4.2.html

D. Pardo-Tomás (2018) La historia natural y el coleccionismo en gabinetes de curiosidades y museos de papel. En Cabré Abete M. y Cruz de Carlos Varona M. (Ed.) María Sybilla en Meria y Alida Withoos: mujeres, arte y ciencia en la Edad Moderna (pp: 69-76). Editorial Universidad de Cantabria: Santander.

Rudwick M. (2005) Picturing Nature in the Age of Enlightenment. Proceedings of the American Philosophical Society, 149(3), 279-303.

Wulf A. (2019) La invención de la naturaleza. Editorial Penguin Random House: Barcelona. 578 pp

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