Parte B del COVID -19

Galarraga Aiestaran, Ana

Elhuyar Zientzia

Desde la aparición del COVID -19, la situación ha cambiado radicalmente, especialmente gracias a las vacunas. La letalidad desciende del 1% hasta el 10% y la hospitalización y los casos graves se reducen considerablemente, especialmente en la ola de omicron. Sin embargo, la situación no es tan luminosa cuando no para todos. Ejemplo de ello son el COVID permanente y las alteraciones psicológicas, y los testigos directos de sus consecuencias son la investigadora de la COVID permanente Nieves Embade Urrutia y la psicóloga y psicopedagoga Nahia Idoiaga Mondragón.
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Ed. Elizaveta Galitckaia/Shutterstock. com

Nieves Embade Urrutia, investigadora del Laboratorio de Medicina de Precisión y Metabolismo del CIC Biogune, tiene como misión identificar compuestos que pueden explicar las diferencias entre las diferentes patologías que sufren las personas con COVID permanente (orina, suero). El objetivo final es obtener resultados válidos en la clínica.

Los pacientes con COVID permanente se sienten a la sombra desde el principio. Así lo confirma Embad: “A principios de 2020, algunas personas sufrieron síntomas después de haber superado la infección, algunas leves y otras graves, incluso después de tres meses. Los síntomas eran muy variados y eran nuevos, es decir, no los hubo antes de infectarse. Pero, en aquella época, toda la atención se centraba en la enfermedad aguda, quedando a la sombra”.

Nieves Embade Urrutia, investigadora del Laboratorio de Medicina de Precisión y Metabolismo del CIC Biogune.

Para visibilizar el COVID permanente ha sido muy importante que la Organización Mundial de la Salud haya reconocido y definido como enfermedad, así como el trabajo de las asociaciones creadas por los pacientes, como la asociación Long Covid del País Vasco. Embade colabora con esta última.

Explicó que el 10% de los infectados tiene un COVID permanente y que es una enfermedad muy grave, no sólo por su impacto en la salud de los pacientes, sino también por sus repercusiones sociales y económicas: “Provoca múltiples patologías en los pacientes y las hace incapaces de llevar una vida normal. Como consecuencia, muchos han perdido su trabajo y otros no pueden trabajar ni hacer nada. Y la mayoría, entre el 80 y el 90%, son mujeres, con una edad media de 42-43 años”. Por otro lado, en algunos lugares se ha constatado que la situación socioeconómica y el género son variables importantes en el diagnóstico y el arte del COVID permanente.

Desde el punto de vista médico, la etiología sigue siendo incierta y los pacientes son tratados sintomatológicamente en especialidades sintomáticas, en lugar de ser atendidos de forma conjunta o coordinada. Esto aumenta la inquietud de los pacientes, según Embade: “Los síntomas son múltiples y no son continuos, a menudo van y vienen, lo que genera incertidumbre en los pacientes. Quienes tienen niebla cognitiva o mental, por ejemplo, sufren mucho por ello, porque no saben cuándo volverán a recuperarse ni en qué medida”.

Ahora, además de tratamientos locales, se ofrecen tratamientos más sistémicos, como antivirus y antiinflamatorios, y se ofrece rehabilitación para resolver problemas de cognicio, con ejercicios de memoria y otras capacidades. Algunos pacientes también reciben tratamiento psicológico. En cualquier caso, lo ideal sería crear unidades singulares que unan todos los aspectos o, al menos, establecer sistemas que garanticen la coordinación.

Las personas con COVID permanente presentan síntomas variados, incluyendo dolor en las extremidades. Por el momento, no existe un tratamiento que haga frente a todos los síntomas. Ed. Marco Milivojevic/CC.

Más allá de los tratamientos sintomáticos, para curar y, tal vez, prevenir el COVID permanente, es fundamental conocer cómo se produce. Y en eso está intentando Embade. Pero dice claramente: “Estamos todavía bastante lejos de este objetivo”.

Buscando los motivos del COVID permanente

Explica que el SARS-CoV-2 no es el único virus que provoca efectos crónicos: “El herpes, el citomegalovirus, la suciedad y otros pueden producir síndromes crónicos. Y estamos viendo que también puede ocurrir en los coronavirus. Por ejemplo, el virus SARS-CoV-1 también produjo patología respiratoria, y entre los 10-15 años de su aparición se realizó un estudio que confirmó la persistencia de síntomas persistentes en muchos de los infectados”.

La peste del SARS-coV-1 fue limitada, mientras que el SARS-CoV-2 está infectando a una parte importante de la población en forma de oleaje y variedad. Las consecuencias que esto puede dejar preocupan mucho a Embade: “Omicron ha infectado a millones de personas y está por ver cuántas de ellas sufrirán posteriormente síntomas persistentes, aunque la infección sea leve o asintomática”.

Sin embargo, teniendo en cuenta que la mayoría de los pacientes con COVID permanente son mujeres de mediana edad, Embad cree que las hormonas pueden estar relacionadas, pero de momento no se ha conseguido ninguna prueba clara. “Eso sí, se ha visto que muchos de los pacientes tienen virus en los depósitos, por ejemplo en el aparato digestivo. A veces los virus no están completos, pero algunas partes son suficientes para reaccionar”.

Muchos de los pacientes siguen dando positivo durante mucho tiempo. Ed. Raimond Spekking/CC.

Otra explicación se centra en la inflamación: “La reacción de SARS-COV-2 activaría otros virus, normalmente no patógenos, presentes en el cuerpo del paciente. El sistema inmunitario afectaría en exceso a los mismos, ya que previamente ha sido desatendido”, explica.

Y, por último, la hipótesis de los autoanticuerpos sería: “La infección alteraría el sistema inmunitario, detectando cuerpos extraños en cualquier célula y produciendo anticuerpos contra ellas. Es como en las enfermedades autoinmunes”. De hecho, las enfermedades autoinmunes son más frecuentes en las mujeres que en los hombres.

Estas son las tres hipótesis más citadas para explicar el origen del COVID permanente, pero no hay evidencia clara de apostar por alguna de ellas en todos los casos. “No es fácil, sobre todo porque las patologías son variadas. Esa es precisamente una de las cosas que más me sorprende: por ejemplo, un paciente puede tener problemas digestivos un día, luego sufrirá dolores de cabeza duros durante tres días… Me parece muy duro”, confiesa.

Estudio de los metabolitos

Con el fin de ayudar a estos pacientes, Embad investiga los metabolitos: “Los metabolitos son el producto final del funcionamiento de nuestro organismo. Cuando el cuerpo funciona correctamente se producen los metabolitos habituales en cantidades normales. En cambio, cuando hay una patología el funcionamiento cambia y algunos metabolitos, por ejemplo, desaparecen y otros se acumulan. Es un buen sistema para conocer el funcionamiento del cuerpo, porque es cuantificable y además no es genético, es decir, está influido por el medio: la alimentación, el estilo de vida, el ejercicio físico…”

Así, mediante la resonancia magnética nuclear se analizan los biofluidos, en concreto el suero y la orina. Antes del COVID-19, gracias a la colaboración con otros centros, disponían de un gran banco de muestras. Ahora se están recogiendo y analizando muestras de infectados y no infectados, y por supuesto de COVID permanente, comparando los resultados.

Los expertos confirman el gran daño causado por la soledad. Ed. Dominio público

En el suero se cuantifican unos 40 metabolitos. También son capaces de identificar lipoproteínas, en concreto 114 fracciones. “Esto es una cantidad muy grande”, matiza Embad. “En todas ellas, miramos si existen diferencias entre los que tienen un COVID permanente y los demás, y si hubiera diferencias, quizás llegaríamos a saber qué rutas metabólicas están alteradas en un COVID permanente y, por tanto, a través de qué procesos se producen esos metabolitos”.

Tienen en torno a 120 pacientes y sería conveniente que fueran más para que los resultados sean significativos, sobre todo por la variedad de la sintomatología. “Lo mejor sería poder hacer comparaciones sintomáticas para ver si hay alguna relación entre metabolitos y síntomas concretos”. Para ello, están colaborando con el Biobanco, Biocruces y Bioaraba y cuentan con el intercambio de datos e ideas con otros centros. “Si viéramos que tienen algo en común sería un paso tremendo para conseguir un tratamiento”, dice esperanzador.

Alteraciones psicológicas

Otra de las consecuencias que ha dejado largo el COVID-19 es el crecimiento de los problemas psicológicos. La Organización Mundial de la Salud alertó desde el principio de que el aislamiento, el miedo, la incertidumbre y la crisis económica podrían tener un impacto negativo en la salud mental. También identificó grupos de riesgo: trabajadores sanitarios, niños y adolescentes, mujeres en riesgo de sufrir violencia sexual, ancianos y personas con problemas previos mentales. Preveía que si no se contestaba adecuadamente, la necesidad de apoyo psicológico y el crecimiento de los suicidios. Y así ha sido, así lo ha afirmado la psicóloga Nahia Idoiaga Mondragon.

Nahia Idoiaga Mondragon, investigadora del grupo KidOn de la UPV/EHU.

Explica que el problema es estructural. “No se le ha dado importancia a la salud mental y además ha sido tabú durante muchos años. ¿Y qué ha pasado? Pues que la olla ha explotado. Nos han pedido que lo aguantemos, y mucha gente ha hecho un esfuerzo enorme para avanzar, aunque esté mal, y ahora nos llega la factura”.

Al miedo y a la incertidumbre propia de la pandemia hay que añadir la situación económica, ya que muchos han perdido su empleo. Paralelamente, Idoiaga menciona responsabilidades de guarda: “Esta responsabilidad ha recaído sobre todo en las mujeres, y ha supuesto y es una carga adicional”.

Así, los psicólogos que trabajan en la clínica están llenos de trabajo. Idoiaga lo tiene claro: “A todos nos faltan herramientas, especialmente a los niños y jóvenes, pero también a los adultos. Y además de herramientas, falta malla, no tenemos tiradores”.

Personas mayores y jóvenes

Según Idoiaga, al inicio de la pandemia se pensaba que las personas mayores se verían más afectadas por las situaciones, ya que eran las que tenían mayor riesgo de enfermedad grave y muerte. Sin embargo, las investigaciones realizadas han revelado un mayor daño a los jóvenes que a ellos y han dado el mismo resultado otros grupos de investigación, tanto en el País Vasco como a nivel internacional.

Según Idoiaga, el día a día ha cambiado radicalmente y tienen menos capacidad para enfrentarse a la frustración. En los niños también lo han visto: “Durante estos dos años han estado muy protegidos y no han desarrollado habilidades para superar la frustración. Esto se ve también en la sociedad. Además, en la pandemia hemos tenido un punto de vista profundamente helegentrista y no nos hemos dado cuenta de las consecuencias de los recortes. Hay que tener en cuenta, además, que a veces han tenido que sufrir restricciones muy duras, sin sentido, como el cierre de parques de atracciones”.

Paralelamente, las interacciones sociales han cambiado sustancialmente, siendo especialmente importantes para el desarrollo de la personalidad en niños y jóvenes. Como consecuencia, la ansiedad se ha extendido considerablemente. Por otro lado, Idoiaga considera que en los dos últimos años se ha dado una mala educación emocional: “También les hemos educado del miedo y han aceptado todas las medidas y normas. Y ahora no tienen herramientas para afrontar la frustración y las carencias emocionales”.

Los psicólogos consideran que en los dos últimos años no se ha prestado suficiente atención a la salud psíquica y social, ni se han trabajado las herramientas para superar la frustración. Ed. Alexandra Koch/CC

En cualquier caso, Idoiaga confirma que la carencia es estructural y responde a una visión obvia de la salud: “La salud es un estado de bienestar físico, psíquico y social, pero tanto en la era de la pandemia como en la historia, sólo se ha atendido a la parte física, olvidándose de lo psíquico y lo social. Sólo se agarra cuando el daño ya es evidente: un ataque de ansiedad o una depresión profunda. No hay educación emocional en las escuelas, en los hogares, en la calle, y los problemas mentales siguen siendo tabúes”.

La pérdida de las redes de la Comunidad también es significativa para Idoiaga. Porque la sociedad actual es más individualista que la anterior, y los jóvenes, además, están detrás de las pantallas: “Antes se encontraban en la calle, pero ahora cada uno está con su pantalla, y no hemos educado para que la compartan a través de las pantallas y tengan una relación directa entre ellos”.

Las interacciones sociales han cambiado mucho a lo largo de los dos años y son especialmente importantes para el desarrollo de la personalidad en niños y jóvenes. Ed. Tony McNeill/CC

Duelo y soledad

En las personas mayores el duelo ha sido vivido de forma muy traumática, especialmente al inicio de la pandemia, y Idoiaga considera que no ha recibido la asistencia suficiente. Esto hace que la incidencia de trastorno por estrés postraumático sea relativamente alta. Además de en las personas mayores, también se ha incrementado notablemente su incidencia en el personal sanitario y de guarda, al inicio de la pandemia por la gravedad de la situación y, sobre todo, por la fatiga y la carga de trabajo.

Asimismo, confirma que la soledad ha causado mucho daño. “El sentimiento de soledad es ignorado, aunque tiene un peso enorme en el bienestar de la persona. A menudo se esconde porque se confunde con vivir solo. Y no tiene nada que ver, puedes vivir con otras personas en la misma casa y sentirte solo. Y el tiempo libre no se ha preservado y muchos han perdido sus espacios de socialización. Se ha perdido este cuidado colectivo. Pero todo esto ha quedado oculto”.

Por otro lado, en las residencias de personas mayores se han implementado medidas con un enfoque helduentrista, no centradas en el bienestar de las personas mayores. Así, han tenido que soportar medidas injustas como negar visitas o autorizar muy poco. “El centro ha sido de 25 a 65 años. ¿Por qué? Porque son productivos dentro de ese intervalo de edad”.

Para salvar las heridas dejadas por Pandemia, Idoiaga cree que necesitamos redes de guarda que las instituciones deberían protegerlas, desde dar permisos de trabajo para el cuidado de niños o mayores en casa hasta la atención temprana al joven que necesita apoyo psicológico. “En definitiva, un problema mental parece ser una debilidad o una insuficiencia, pero es como un problema físico, y hay que tratarlo de la misma manera, a través de los servicios públicos y de la vigilancia comunitaria e integrando los servicios sociales”.

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