La cuestión de la máscara

Publicado en Berria el 4 de abril de 2020

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Ed. Wikipedia

Sólo han transcurrido unos meses desde la aparición del virus SARS-CoV-2 y la enfermedad que lo provoca, COVID-19. No es de extrañar, por tanto, que quienes trabajan sobre ellos tengan más preguntas que respuestas, desde los investigadores hasta las autoridades. A pesar de esta comprensión, las normas y recomendaciones contradictorias crean incertidumbre e incertidumbre. Para evitarlos, la transparencia y la prudencia son las claves, pero no siempre se han utilizado lo suficiente.

Un ejemplo claro es la cuestión de la máscara. Incluso antes de que la peste se convirtiera en una pandemia, en las imágenes que llegaban de China, la mayoría de las personas aparecían enmascaradas con la nariz y la boca. Por otro lado, en muchos lugares de Asia es habitual el uso de mascarillas para protegerlas de la contaminación, por ejemplo, porque recuerdan otras plagas que han sufrido, como SARS.

Pero al margen de las costumbres, es de suponer que las máscaras deben ser útiles para evitar la entrada de cualquier patógeno que ataca al aparato respiratorio, ya que han sido diseñadas para ello. La persona que ha buscado la información, además, ha aprendido fácilmente que hay varios tipos: algunos tienen filtros, sirven para no contagiarse uno mismo, y otros son más sencillos y no filtran los virus procedentes del exterior, pero son capaces de frenar las gotitas expulsadas por uno mismo y, por tanto, evitan la infección por el otro.

Cuando la peste llegó a Europa y se convirtió en una pandemia, se puso de manifiesto que no había máscara suficiente para atender la demanda. Es más, no hay suficientes para garantizar la seguridad del personal sanitario. Al igual que con las pruebas de diagnóstico, es lógico que el material existente se redirija a los que más lo necesitan (personal sanitario, enfermos y en contacto directo con ellos). No obstante, también se ha proporcionado información confusa a la ciudadanía, incluso de fuentes oficiales.

De hecho, han insistido en que las máscaras no son necesarias. Como el virus se transmite a través de las gotitas que se propagan al toser, tal y como ha confirmado recientemente la OMS, y no desde el aire, los responsables han confirmado que el dejar hueco entre las personas y lavar las manos y las superficies es más eficaz que el vestir las máscaras. También han sugerido que pueden ser contraproducentes: que pueden dar una sensación de seguridad fraudulenta, que hay un gran riesgo de mal uso, que pueden provocar estigma…

La revista científica The Lancet analiza las recomendaciones de la OMS y de varios gobiernos sobre el uso de la máscara: China, Hong Kong, Japón, Singapur, EEUU, Reino Unido y Alemania.

Entre las principales conclusiones destaca: «Las evidencias demuestran que el covid-19 puede transmitirse antes de que aparezcan los síntomas, que la transmisión en grupo puede reducirse si todas las personas, incluso las que han sido infectadas pero son asintomáticas y potencialmente contaminantes, visten máscaras».

La mayoría de los asintomáticos no tenemos la posibilidad de saber si estamos infectados por el virus, ya que no hay pruebas o tests para diagnosticar para todos, por lo que lo más prudente sería que todos utilizáramos máscaras.

Pero hay un problema. En la Universidad de Navarra se han analizado 40 tipos de máscaras, destacando la importancia de utilizar máscaras homologadas. Advierten que las realizadas a mano ofrecen una protección limitada y pueden generar una supuesta seguridad fraudulenta. También han dicho que es importante poner bien: si no se ajustan correctamente, son inútiles. Y no hay máscaras homologadas para todos.

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