La memoria, nuestro ordenador cerebral

Agirre, Jabier

Medikua eta OEEko kidea

Podríamos decir que el último juguete de nuestra sociedad es el ordenador. ¿Pero nos hemos dado cuenta de que el "ordenador" existe en nuestro cerebro? ¿Y cuál es ese ordenador? La respuesta es muy sencilla: la memoria.

Hoy en día la informática está en boca de todos, podríamos decir que el último juguete de nuestra sociedad es el ordenador. Y en esta era de la informática se escuchan y leen en todas partes elogios y alabanzas por los ordenadores. No todas esas hijas están mal, claro, pero ¿nos hemos dado cuenta de que el "ordenador" está en nuestro cerebro? ¿Y cuál es ese ordenador? el lector pregunta. La respuesta es muy sencilla: la memoria.

Equiparar la memoria con un ordenador no es ninguna suma, y esta comparación no es nueva en absoluto. Podríamos decir sin miedo que nuestra memoria es más hábil y hábil que el ordenador más potente y rápido, aunque no trabajemos como un ordenador.

Cuando nace un niño, su cerebro está completamente estructurado. En adelante cambiará muy poco. A diferencia de otras células del cuerpo, las células del cerebro (llamadas neuronas) se mantienen exactamente igual a partir de los primeros meses. Y mientras todas las células del cuerpo se renuevan sin parar, ¿por qué las neuronas no? Si otros lo sustituyesen, porque se perdería toda la información que contienen y el cerebro se iría destruyendo y destruyendo poco a poco.

Se cree que el complejo sistema que constituye nuestra memoria está formado por 15.000 millones de células nerviosas. Sí, habéis leído bien; 15x10 9 neuronas están situadas a través del cerebro. Cada una de estas células está unida a otras muchas neuronas formando una malla hendida entre ellas como una central telefónica. Las neuronas jugarían el papel de los cables. Pero nuestra memoria no funciona como un ordenador, como hemos dicho antes. Cuando falta un trozo de cerebro (bien porque se ha extraído o porque ha quedado que no funciona afectado por una enfermedad), las informaciones almacenadas en el cerebro se mantienen en la parte del cerebro que queda. Sin embargo, si a un ordenador le quitamos un componente, los datos que se almacenan en él se perderán.

¿Y dónde está la memoria? ¿En qué parte del cerebro? La memoria no es un órgano visible como el corazón o el hígado. Con el objetivo de conocer la ubicación exacta de la memoria, el investigador americano Karl Lashley realizó durante casi 25 años experimentos utilizando un grupo de ratas mostrado. A cada una de las ratas le arrancó una parte distinta de la piel del cerebro, y así, si se olvidaron de lo que habían aprendido anteriormente, podía saber dónde se situaba la memoria. Sin embargo, no logró ningún efecto concreto: independientemente del área extraída, los animales no olvidaban nada. Como mucho, sus recuerdos aparecían más esbozados. Es la señal de que la memoria, lejos de estar situada en un lugar concreto, está dispersa por todo el cerebro.

Volviendo a los ordenadores, al aparato se le llama XVIII. Si le pedimos la lista de escritores vascos del siglo XX, primero presentará la lista de todos los escritores y después, XVIII. Selección de subordinados. Nuestro cerebro no funciona así, presentando unos conocimientos antes y después otros. Nuestra memoria nos presenta todos los datos al mismo tiempo.

Por otra parte, en el ser humano (y al parecer en otros animales, por supuesto, a distintos niveles) se distingue entre memoria a corto plazo y memoria a largo plazo. Un ejemplo facilita su comprensión. Cuando vamos por la calle vemos una cosa: señales de tráfico, anuncios, otros peatones que se cruzan con nosotros, coches que suben y bajan, semáforos, tiendas de todo tipo… Nos damos cuenta de todo, pero en pocos minutos no nos acordamos de nada.

¡Y menos mal! Si nos acordáramos de todo lo que pasa cada día y año por delante de nuestros ojos, estaríamos locos. Normalmente, la impresión recibida en cualquier momento recoge memorias a muy corto plazo y pasan a la neurona. Pero si la emoción no ha sido muy fuerte, esa corriente eléctrica se agota y la memoria se muere. Cuando ocurre al revés, es decir, cuando se ha producido una impresión o impresión dura (o interesante), estas corrientes llegan a la memoria a largo plazo mediante sinopsis especiales, donde se acumulan.

Hemos analizado un poco la memoria. ¿Pero qué decir de olvidar? A quién no se ha encontrado con un amigo en la calle y estar olvidado de su nombre. ¿O no poder recordar ese dato que tenemos en la "punta de la lengua"? Estos casos parecen insignificantes, pero en otras situaciones (por ejemplo, en exámenes o oposiciones) pueden tener un efecto bastante más grave. Respecto al olvido, digamos que hay varios tipos. Por un lado, el que tenemos cuando olvidamos datos que nunca habíamos aprendido bien (que sólo llegaron a la memoria cercana). Por otro lado, en un momento dado, que no podemos olvidar una fecha o un nombre, aunque este detalle esté bien grabado en nuestro cerebro (y cuando menos lo esperamos vuelve a salir de la profundidad): En estos casos, sobre todo en situaciones de emergencia, las hormonas secretadas bloquean las sinapsis y las vías por las que transmitimos los conocimientos se interrumpen.

¿Y cómo se pierden los famosos de tantas costas en la escuela? ¿Ellos sabíamos realmente y por qué no nos ha quedado grabados? Pues parece que en aquella época no nos pareció tan importante, no nos emocionaron de verdad. Nadie olvida, sin embargo, los libros o películas que en su día tuvieron un gran significado para él, o lo hizo con mucho gusto.

La memoria humana es similar a la de un libro, que se abre en páginas insistentemente subrayadas.

"La memoria es el don de los inocentes", decía Menéndez y Pelayo. Así explicaba su poca relación con la inteligencia.

Nuestra memoria no funciona como un ordenador o una grabadora de vídeo: selecciona datos… pero atiende a los sentimientos.

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